Trekking en el Himalaya

Sala:

Texto: Nona Rubio (periodista)

 

Recomendado para: amantes de la montaña, el trekking y los desafíos personales.

Meses para viajar: en verano; la próxima expedición será en julio.

Presupuesto: entre 1.180 y 1.380 € por persona (no incluye vuelos).

Duración: 21 días.

 

 

El trekking de Baltoro

Siempre me han gustado los viajes largos, los países en los que no consigo encontrar ni una sola de mis rutinas, los horizontes que nada tienen que ver con mis manías de cada día. 

Cuando en abril de 2007 surgió la oportunidad de poder viajar a Pakistán para hacer el trekking del glaciar de Baltoro, junto a la expedición del alpinista Carlos Pauner, no lo dudé ni un minuto. En aquel momento mi vida empezaba a necesitar un respiro y aquella escena en el corazón de Karakorum prometía ser el paréntesis perfecto. 

Pero aquel sueño amable se volvió feroz y exigió tanto de mí misma que casi no pude pensar. Entonces supe que eso era precisamente lo que necesitaba. Tierra, un suelo donde pisar, un desafío real. Una meta tangible a cuatro mil novecientos metros y el medio para conseguirlo, mi esfuerzo. 

 

 

La cordillera de Karakorum

Karakorum es una de las grandes cordilleras de Asia. Se encuentra en el extremo norte de los Himalayas, en la frontera entre Pakistán, India y China. A lo largo de sus casi 500 kilómetros de extensión se localizan cuatro de las catorce cimas de más de 8.000 m de la tierra: el mítico K2, el Broad Peak, el Gasherbrum y el Hidden Peak.

Karakorum también es la parte del mundo con más glaciares fuera de las zonas polares, entre ellos el glaciar de Baltoro, uno de los parajes de montaña más impactantes del planeta que forma parte de la ruta de aproximación hacia el campo base (4.900 m.) del Broad Peak (8.047 m.). El trekking transcurre por la tierra de los Baltis, una etnia sumida en modos de vida medievales.

 

Este artículo sólo recoge unos pocos fragmentos de mi diario de viaje. Ahora que ha pasado el tiempo suficiente para llevarse de la memoria cualquier mal recuerdo puedo decir que el balance de aquella expedición a un confín del mundo fue absolutamente positivo. 

 

 

De Islamabad a Skardu

Hoy salimos hacia Skardu. Nos esperan 22 horas de carretera. No hemos tenido suerte con el vuelo, que podría habernos ahorrado dos días de viaje. Viajaremos por la Karakorum Highway, la carretera internacional más alta del mundo. Conecta China con Pakistán siguiendo parte de la antigua ruta de la seda. Los chinos la llaman "la carretera de la amistad". Costó veinte años construirla y, según dicen, una vida humana por cada uno de sus kilómetros.

 

De Skardu a Askole

Salimos en jeeps hacia Askole, una población habitada por 120 familias de la secta Shia, la más conservadora del Islam en Pakistán. Tras ocho horas de carretera polvorienta y de baches imposibles, llego en un estado lamentable. Lo único que puedo hacer nada más pisar el suelo es vomitar. Decenas de niños y de hombres se arremolinan frente a mí para observar la escena. Me encierro en la tienda y ya no me muevo. Dudo que mañana tenga fuerzas para comenzar el trekking.

 

 

De Askole (3.000 m.) a Jhula (3.200 m.) 

No he pegado ojo a causa de la fiebre. Me levanto sin fuerzas. Estoy deshidratada y me duele la cabeza. Está claro que no estoy en mi mejor momento pero no quiero quedarme aquí. Tengo que salir con ellos. Me enfrento a la idea de seis horas de caminata hasta Jhula. La digiero y partimos. Paisaje desértico. Todo es marrón. La arena. Las piedras. No sé cómo aguanto, pero lo hago.

 

 

De Jhula (3.200 m.) a Paiyu (3.600 m.) 

Son las 5 h. He dormido bien y me siento recuperada. Tengo ganas de empezar el día. Camino. Encuentro mi ritmo. Cada uno tiene el suyo. Es como aprender a tener convicciones propias y vivir conforme a ellas. Seguir los pasos de otro hace el camino más largo. Me aíslo evitando distracciones, canalizando la fuerza. La concentración es vital. Mi mente llega hasta donde mi cuerpo no puede. Tras seis horas de caminata entramos en Paiyu. Los porteadores declaran el día festivo.  

 

 

Paiyu 

A 3.600 metros, cualquier movimiento extra, como subir una pequeña cuesta, empieza a suponer un esfuerzo. El día transcurre entre tareas cotidianas como lavar algo de ropa, jugar al mus o leer un rato. Con la caída del sol despierta la actividad en el campo. Huele a hoguera y corre una brisa fresca. A pesar del calor, del frío, de la ausencia de comodidades o de la suciedad, me siento como en casa. El pasado queda muy lejos.

 

 

De Paiyu (3.600 m.) a Urdukas (4.000 m.) 

La de hoy es una de las etapas más duras. Abandonamos la arena para entrar en el glaciar de Baltoro. La altura comienza a ser considerable. Las pendientes, a cuatro mil, me obligan a dar pasos muy pequeños. Atravesamos un paisaje helado con miles de años de antigüedad. Alrededor todo es silencio. Diez horas caminado. No puedo más. Un porter nos dice que sólo queda una hora. Tengo que poder más. Por fin, Urdukas. En el aire flotan partículas minerales que, a la luz de las lámparas de gas, brillan como si fueran de plata. Respirar esto día y noche hace que nos sangre la nariz y nos lloren los ojos. Los cierro. Escucho un arroyo que baja directo del glaciar y avalanchas de roca y hielo que parecen caer sobre nosotros. Sólo existo aquí y ahora.  

 

 

De Urdukas (4.000 m.) a Goro2 (4.500 m.)

Avanzamos por moles de hielo regadas por las piedras que escupe la montaña. Por fin me invade el blanco de un aire tan puro que me cuesta respirarlo. A nuestros pies todo es agua congelada, nada. Siento una extraña felicidad que viene de esa nada. Llegamos a Goro2. Aquí no hay vida. Solo hielo y roca. Y un aire extraño. Me duele la cabeza. Voy a mi tienda a echarme un rato. El frío sube desde el glaciar y se cuela por el suelo. Tengo que ponerme dos capas de ropa térmica, dos forros polares, plumas, gorro, guantes… nada es suficiente. 

 

 

De Goro2 (4.500 m.) a Broad Peak (4.900 m.)

Salimos y, al poco rato, ya no puedo más. Maldigo el trekking que Carlos bautizó como el "más bonito del mundo". Piedras, piedras y más piedras.  

Antes de venir, mi padre me dio un consejo: "En la montaña, cuando ya no puedes más, tienes que poder más". Cada día es así. El mal de altura se ceba conmigo. Mis sentimientos están a la que salta. Paso del cabreo a la melancolía, de la euforia a las ganas de llorar. Quizás por lo absolutamente vulnerable que me siento aquí. Estoy a merced de este paisaje muerto, donde la única salida posible son otros 5 días a pie por rocas y hielo. Sé que no me puedo permitir el lujo de que me pase nada, pero me duele todo. Hemos llegado al base. No me lo creo. No reacciono. Hoy soy incapaz de hacer nada más. Los chicos montan las tiendas. Me meto en la mía y desaparezco.

 

 

Campo Base Broad Peak 

Amanece en el base. Esto es la nada más incómoda al final del mundo. Una extensa morrena sin vida animal ni vegetal. En frente, el Broad Peak. Al fondo, el K2. He dormido gracias a la química, pero un intenso dolor me taladra la cabeza. Tengo ganas de llorar. Me siento impotente, confundida, cansada. No tengo ganas de nada. Vale, he llegado, ¿y ahora qué? Lo único que se me ocurre pensar es que a partir de ahora puedo conseguir cualquier cosa que me proponga. Hora de cenar. Me arrastro hasta la tienda comedor. Menú: arroz, chapati y la cabra que nos acompañó (viva) hasta aquí arriba. Un ratón se pasea por la tienda. Bromeamos sobre las comodidades de este trekking. La aventura perfecta para recomendar a tu peor enemigo. Bebemos cerveza y nos reímos.

 

 

Campo Base Broad Peak 

Me despierto con un horrible dolor de cabeza. No puedo ni toser. Tengo los ojos hinchados y un dolor fuerte en el esternón. Abro la tienda y todo está nevado. Desayuno y tomo Edemox. Vuelvo a la tienda. Ha empezado una ventisca. Estoy inmóvil. Parece que mi cuerpo hubiera dejado de obedecer a mi mente. Pienso en una ducha caliente. 

 

 

Campo Base Broad Peak 

Sigue nevando. La temperatura cada vez es más baja. La niebla se ha cerrado. Los efectos de la altura siguen pasando factura. Estoy harta del frío, de no hacer nada, de las náuseas, de la comida (sobre todo de la cabra), del agua de color gris que bebemos de una charca, del sabor del tang y de las pastillas potabilizadoras, de las piedras, de no poder lavarme, de los ojos hinchados, de los remedios químicos, de las tiriteras, del caos de mi tienda, del claustrofóbico saco de momia… Carlos dice que la meta de un alpinista no es la cumbre, sino descender de ella. Así que nuestra meta no es el base, sino bajar de él. Por suerte, mañana nos vamos. Todo empezará de nuevo, pero al revés.

 

Puedes leer el diario completo aquí: 

www.nonarubio/en-blanco

Fechas: Del 15-07-2013 al 30-11--0001

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